Fragmento de Protágoras de Platón


“…los que llevan las enseñanzas por las ciudades, vendiéndolas y traficando con ellas, ante quien siempre está dispuesto a comprar, alaban todo lo que venden. Mas, probablemente, algunos de éstos, querido amigo, desconocen qué, de lo que venden, es provechoso o perjudicial para el alma; y lo mismo cabe decir de los que les compran, a no ser que alguno sea también, por casualidad, médico del alma. Por lo tanto, si eres entendido en cuál de estas mercancías es provechosa y cuál perjudicial, puedes ir seguro a comprar las enseñanzas a Protágoras o a cualquier otro.

Pero si no, procura, mi buen amigo, no arriesgar ni poner en peligro lo más preciado, pues mucho mayor riesgo se corre en la compra de enseñanzas que en la de alimentos. Porque quien compra comida o bebida al traficante o al comerciante puede transportar esto en otros recipientes y, depositándolo en casa, antes de proceder a beberlo o comerlo, puede llamar a un entendido para pedirle consejo sobre lo que es comestible o potable y lo que no, y en qué cantidad y cuándo; de modo que no se corre gran riesgo en la compra. Pero las enseñanzas no se pueden transportar en otro recipiente, sino que, una vez pagado su precio, necesariamente, el que adquiere una enseñanza marcha ya, llevándola en su propia alma, dañado o beneficiado.”




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martes, 5 de noviembre de 2013

Sáhara Occidental, 38 años en la diáspora.








EL QUESO.






Mi familia de Asturias hace queso de cabra, vaca y mezcla.

Los ingredientes son: leche de cabra, vaca..., cuajo y sal.


Elaboración:

Primero se ordeña, después la leche se deposita en tanques de refrigeración.


 Seguidamente se templa y se añade el cuajo. Después de un tiempo se forma la cuajada. Luego se parte la cuajada para separar el suero. Este proceso se llama desuerado. La cuajada se mete en moldes, se prensa y se sala. El último paso es la maduración.

Mahfud Mohamed Embarec



jueves, 17 de octubre de 2013

UN DÍA EN EL CAMPAMENTO SAHARAUI: “27 DE FEBRERO”.


Me despertaba mi madre a las 7.

Desayunaba un bocadillo de mantequilla y leche caliente.

Después iba a la escuela. Tenía que ir caminando hasta allí. La escuela estaba organizada en cinco cursos. Entraba a las ocho y a las diez había un recreo. Tenía clases de matemáticas, lengua árabe, español, gimnasia, ciencias naturales y sociales.

A la una y media salíamos a casa a comer.
A las 3 o  las cuatro volvíamos a la escuela hasta las 5 o las 6.

Volvía a casa y hacía los deberes. Después jugaba con mis amigos al fútbol o al escondite.

Volvía a casa a cenar espaguetis o arroz y me iba a la cama hacia las diez de la noche.

Mahfud Mohamed Embarec


martes, 15 de octubre de 2013

Un día normal en la vida de Mahfud.


Me levanto a las 7. Desayuno leche con galletas. A las 7:20 me recoge un taxi y me lleva a la parada del autobús para ir al instituto.

Cuando vuelvo a casa como, hago los deberes, después juego con mi amigo Guillermo al fútbol.

Ceno y voy a la cama a las 8.

Mahfud  Mohamed Embarec


PRESENTACIÓN DE MAHFUD.



Hola me llamo Mahfud, tengo 12 años.

Vengo del Sáhara de Dajla. Vine en el verano y este año me quedo aquí a estudiar.

Me gusta el fútbol y juego en el Urraca de Posada Llanes.




Mahfud Mohamed Embarec



viernes, 11 de octubre de 2013

La vida diaria en los campamentos: tres oficios del desierto saharaui.

La vida sigue en el campamento de refugiados saharauis de Dajda (Argelia) mientras despega el FiSahara, el único festival de cine del desierto.
Mohamed, Bulah y Salem nos cuentas los trabajos con los que sobreviven en uno de los campamentos saharuis que subsisten gracias a la ayuda internacional
 - Tindouf (Argelia) 



Ahmed se lava las manos sentado en la entrada del pequeño comercio de su padre. La diminuta tienda de comida está a rebosar. Jhuta y Anguia pasean cargadas con bolsas de pan muy cerca del lugar exacto donde ha comenzado una nueva edición del Festival de Cine de Sahara (Fisahara): una comitiva de cerca de 200 personas aterrizó en Dajla, el campamento más aislado del desierto argelino, pero la rutina matinal de la población saharaui se mantiene, calmada pero ocupada.
Mohamed observa a los extranjeros desde la puerta de su barbería; Bula reconoce no haberse enterado aún de las proyecciones de esa noche mientras matiza el 'patio' de una de las casas que ha construido; sale una decena de niños del lugar donde trabaja Salem con dirección a los talleres infantiles, pero él escuchará las películas desde el supermercado. Son algunos de los oficios esparcidos por el desierto.

Esperar cortando barbas

Aparece inscrito en la fachada exterior junto a su nombre en árabe: “Barbero”. Primera pista para descubrir la fuerte influencia de este idioma en la persona que ha sacado el pequeño negocio adelante. Mohamed es cubaraui. Así se llaman entre ellos, con una sonrisa irónica, los muchos saharauis que cursaron su educación secundaria y universitaria en Cuba.Pasó once de sus 25 años en ese país pero, una vez diplomado en Electrónica, regresó a su lugar natal, uno de los cinco trozos con vida del desierto argelino: el campo de refugiados de Dajda. ¿Qué hace un electricista cortando barbas? “Yo espero aquí. Quiero vivir en mi país natal, pero sobre todo me gustaría regresar a mi tierra. Nunca perderé la esperanza, pero creo que moriré en este desierto”, dice el saharui. El discurso de Mohamed sobre el futuro del Sáhara Occidental refleja su desconexión política sobre la paralización de un pueblo que espera. Él solo espera, sin plantearse mucho qué ocurre mientras.
Fachada de la barbería del campamento de refugiados saharauis de Dajda (Tindouf)./ Gabriela Sánchez.
Fachada de la barbería del campamento de refugiados saharauis de Dajda (Tindouf)./ Gabriela Sánchez.
El aspecto decadente de la entrada de esta peluquería masculina rompe con el detallismo de su interior. Una pequeña sala impoluta con todo lo necesario para desempeñar este viejo oficio. “Cuando vivía en Cuba cortaba el pelo a algunos de mis compañeros y así aprendí”, dice. Ahora es el barbero de un campo de refugiados. “Cuesta sacar esto adelante, me llevo lo justo para poder sobrevivir”. Los horarios, como los de otras de las personas que trabajan en el sector servicios saharaui, son sacrificados: de ocho de la mañana a 12 de la noche. “Hay gente a la que le gusta cortarse el pelo a esas horas”, matiza el cubaraui. Un descanso intermedio de cuatro horas le permiten comer “tranquilo y disfrutar de la familia”.

Construir casas no permamentes

“Contruyo casas”, dice Bulah manteniendo una media sonrisa constante. “Aprendí mi oficio de la experiencia, de la necesidad de crear un sitio donde vivir”, recuerda el albañil. Después de hacer la suya y la de algunos de sus familiares, comenzó a cobrar por ello. Por casa 100 ladrillos ecreados, 1000 linares, lo que equivale a 10 euros.
Las casas saharauis que no son jaimas (construidas con telas), están elaboradas con ladrillos de adobe, una mezcla de arena y arcilla. ¿Por qué adobe? Sus viviendas son temporales, como supuestamente lo es su estancia en el desierto. El campamento de Dajda existe desde 1975, desde el inicio del exilio saharaui, desde el comienzo de los bombardeos que dejaron las marcas que aún muestra la madre de Bula y que mataron a dos hermanos que nunca llegó a conocer. 38 años de casas de adobe.

El 'Carrefour' Saharaui

Salem ante la fachada de su tienda / Gabriela Sánchez
Salem ante la fachada de su tienda / Gabriela Sánchez
Entre dunas y nada, se eleva una estructura, también de adobe, con una inscripción pintada junto al dibulo de un brick de leche Puleva: 'Carrefour'. “Cuando hicimos más grande la tienda, unos amigos y yo buscamos en internet algunos productos para adornar la fachada y que quedase más bonita. Encontramos estos y así quedó”, dice uno de sus empleados entre risas. “El Baraka” es el nombre real de la tienda de comida más grande del campo de refugiados.
Aquí trabaja Salem como vendedor. Es otro de los cubarauis de Dajda. También regresó. “Aquí está mi familia. Es difícil vivir aquí y encontrar trabajo pero yo quiero estar con los saharauis”, confiesa el joven. Su horario se extiende desde las siete de la mañana hasta las 12 de la noche, con un descanso intermedio. En sus 24 años de vida ya ha trabajado como electricista particular y profesor de español en la escuela del campamento. El sueldo de todos estos trabajos es bajo, 100 dinares como máximo, cuenta Salem, matizando que como reparador de aparatos electrónicos “no sacaba nada”.
“Es duro pero entre todos nos ayudamos. Quiero vivir con mi Sahara con nuestra cultura, nuestro estilo de vida... Hasta que volvamos a nuestra tierra”, añade. Su testimonio intuye de nuevo cierta desconexión política. “Nosotros nos encargamos de sobrevivir. Vosotros -los periodistas- tenéis que llevar el mensaje para que cambien las cosas”.